Un estudio cualitativo de la Universidad Austral, elaborado para el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, basado en 10 grupos focales con 78 personas responsables del cuidado de niños de 0 a 5 años en CABA, revela que las pantallas funcionan muchas veces como una respuesta frente a la sobrecarga, el agotamiento y la falta de redes de apoyo, especialmente en los hogares más vulnerables.

Buenos Aires, 26 de agosto de 2026 – Las pantallas se convirtieron en una herramienta cotidiana para sostener la crianza. Permiten trabajar, realizar tareas domésticas o conseguir breves momentos de descanso cuando no hay otra persona disponible para cuidar a los niños. Esta es una de las principales conclusiones de una investigación realizada por el Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.

El estudio adoptó una metodología cualitativa, orientada a reconstruir las experiencias, tensiones y estrategias que atraviesan actualmente la crianza. Se realizaron 10 grupos focales con 78 participantes —70 mujeres y 8 varones— en cinco comunas de la Ciudad de Buenos Aires. Los encuentros se desarrollaron entre octubre y diciembre de 2025 y reunieron a madres, padres, abuelos, cuidadoras remuneradas y otros familiares de niños de 0 a 5 años.

Para analizar cómo las condiciones sociales y laborales influyen en la organización del cuidado, los grupos fueron conformados según el nivel socioeconómico de los hogares, la edad de los niños y la situación laboral de las personas cuidadoras. Al tratarse de una investigación cualitativa, sus resultados no buscan realizar estimaciones sobre el conjunto de la población, sino identificar experiencias y patrones presentes en distintos contextos familiares.

Una necesidad antes que una elección

Aunque las familias expresan preocupación por los efectos de la exposición excesiva, el uso de celulares, tabletas o televisores aparece muchas veces como una necesidad antes que como una elección. Una de las participantes describió con claridad esta tensión:

Una madre de estrato medio, que participó del estudio, afirmó: “Le pongo un dibujito en el celu y me siento horrible, porque para mí es horrible ver al bebé con el celu en el carrito, pero es como, bueno, ¿cómo hago?”

El testimonio refleja uno de los principales dilemas identificados: las personas cuidadoras conocen las recomendaciones que promueven una exposición reducida, pero no siempre encuentran alternativas compatibles con sus condiciones reales de vida. La distancia entre el ideal de una crianza con pocas pantallas y las posibilidades cotidianas produce sentimientos de culpa, especialmente entre las madres.

La investigación muestra, además, que la pantalla compite con el juego, la conversación y la interacción cara a cara, dimensiones fundamentales para el desarrollo infantil. Sin embargo, también permite resolver momentos concretos de la rutina: trabajar, cocinar, limpiar, atender a otro hijo o recuperar unos minutos de descanso. Por eso, su uso no puede analizarse de manera aislada de la organización familiar y social del cuidado.

Menos redes, menos alternativas

La posibilidad de limitar las pantallas depende, en buena medida, de la ayuda con la que cuenta cada familia. Disponer de familiares, instituciones o personas contratadas permite distribuir las tareas y ofrecer otras actividades a los niños. Cuando esas redes no existen, el margen de elección se reduce.

El gráfico 1 del informe muestra una diferencia marcada entre los niveles socioeconómicos. Casi la mitad de las madres participantes del estrato bajo manifestó que no tenía a ninguna otra persona que la ayudara con el cuidado y una proporción similar contaba con una sola. En el estrato medio pleno, en cambio, las familias disponían habitualmente de dos, tres o más personas, entre el otro progenitor, abuelos, empleadas domésticas y cuidadoras remuneradas.

Esta desigualdad ayuda a comprender por qué las recomendaciones sobre el uso de dispositivos pueden resultar más difíciles de cumplir en algunos hogares. Las diferencias no se encuentran solamente en el tiempo de exposición, sino en las posibilidades efectivas que tiene cada familia de organizar actividades alternativas, delegar parte del cuidado o disponer de tiempo propio.

Atendiendo esa realidad, una Madre de estrato medio, sostuvo: “Me cuesta poner ese límite, porque si estoy en casa yo también tengo que hacer otras cosas en paralelo”.

En los hogares con menos recursos, la precariedad laboral, los horarios irregulares y la falta de servicios accesibles intensifican la sobrecarga. Allí, los dispositivos pueden convertirse en una herramienta para realizar tareas básicas, sostener una fuente de ingresos o mantener tranquilos a los niños durante algunos momentos. Una abuela, entrevistada en el marco del estudio confesó: Él va al cuarto con la tele, está tranquilo, no molesta. También en mi casa sabe bien dónde tengo el celular y lo busca directamente porque sabe que lo dejo que juegue. Le pongo YouTube y se queda tranquilo”.

Una carga concentrada en las madres

El estudio también identifica que la organización cotidiana del cuidado continúa recayendo principalmente sobre las mujeres, incluso en hogares donde ambos progenitores están presentes. Las madres no solo asumen la mayor parte de las tareas concretas, sino también la planificación de las rutinas y el establecimiento de normas y límites.

En el caso de las pantallas, esta distribución desigual genera nuevas tensiones. En varios testimonios, las madres aparecen como las responsables de restringir los dispositivos, mientras que otros adultos los facilitan para entretener a los niños. De ese modo, la regulación se suma a la carga física, mental y emocional que ya implica organizar el cuidado.

El impacto adquiere características distintas según el contexto. En los sectores más vulnerables, el agotamiento está asociado principalmente con la falta de ingresos, de redes y de acceso a servicios. En los sectores medios, cobran mayor peso la tensión entre trabajo y familia, la presión por cumplir determinados modelos de crianza y el sentimiento de culpa cuando esos ideales no pueden sostenerse.

Los resultados indican, por lo tanto, que la exposición a las pantallas durante la primera infancia no puede abordarse únicamente mediante recomendaciones dirigidas a madres y padres. También es necesario considerar las condiciones que llevan a las familias a utilizarlas.

“Varias de las personas participantes señalaron la necesidad de recibir mayor formación y orientación sobre los efectos del uso de dispositivos, las pautas que conviene aplicar y el modo concreto de hacerlo. También destacaron el valor de la orientación familiar para llevar esas pautas a la práctica y plantearon que la legislación acompañe la regulación de los dispositivos en el ámbito escolar. Cuando hablaron de fortalecer las redes, se refirieron también a la necesidad de construir consensos entre grupos de pares”, explicó Dolores Dimier de Vicente, decana del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.

Por su parte, el ministro de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad, Gabriel Mraida, destacó el trabajo realizado con el ICF: “Trabajamos en la Ciudad de hoy, mirando siempre la Ciudad del futuro: eso es lo que permite el crecimiento de cada familia y de la Ciudad en su conjunto. Tenemos la responsabilidad de atender la emergencia. Y, al mismo tiempo, la responsabilidad de escuchar las conversaciones y las preocupaciones de las familias. Eso es lo que venimos haciendo con el uso de pantallas: dar respuestas basadas en evidencia, entender qué está pasando puertas adentro de cada casa para acompañar a cada familia en sus necesidades específicas«.

Ampliar los servicios de cuidado, fortalecer las redes familiares y comunitarias y promover una mayor corresponsabilidad permitiría que reducir las pantallas fuera una posibilidad concreta y no solamente una nueva exigencia. El desafío no consiste solo en establecer cuánto tiempo deberían pasar los niños frente a los dispositivos, sino en ofrecer a quienes los cuidan el tiempo, los apoyos y las alternativas necesarios para poder regularlos.